domingo, 26 de septiembre de 2010

Se mantuvo de cera. Contenía, agradecía, y nos pedía que no lloremos tanto. La mirábamos como admirándola, pero con el miedo terrible de la futura caída en picada al suelo. Alguna tía chabacana le traía un vaso de agua, o unos pañuelos que ella se dedicó a repartirle a los primos y a los tíos, y a los amigos.
El silencio eterno entre los duendes de los azulejos. Las lágrimas espejaban los ojos hasta que se desplomo encima de él, del que fue, porque ya era madera lustrada. A los gritos pelados, de esos que salen de las entrañas, de esos que se llevan unos gramos de dolor.
¿Cuántas noches vas a extrañar? Y nos cuentan tus ojos...
¿Hasta que la muerte nos separe? Hay recuerdos...
En la tierra el amor, ¿y en el cielo?